martes, 22 de septiembre de 2015

SANTO TOMÁS DE VILLANUEVA



Este inmenso predicador que fue llamado por sus oyentes "el divino Tomás", nació en España en 1488 y su sobrenombre le vino de la ciudad donde se educó y creció. 

Sus padres no le dejaron riquezas materiales en herencia, pero sí una herencia mucho más importante: un profundo amor hacia Dios y una gran caridad hacia los demás.

Hizo sus estudios con gran éxito en la universidad de Alcalá y en 1516 pidió y obtuvo ser admitido en la comunidad de los padres agustinos, en Salamanca. En 1518 fue ordenado sacerdote y luego fue profesor de la universidad. Poseía una inteligencia excepcionalmente lúcida y un criterio muy práctico para dar opiniones sobre temas difíciles. Pero tuvo que ejercitarse continuamente para adquirir una buena memoria y luchar mucho para que las distracciones no le alejaran de los temas que quería tratar.

Sentía una predilección especial por atender a los enfermos y repetía que cada cama de enfermo es como la zarza ardiente de Moisés, en la cual se logra encontrar uno con Dios y hablar con Él, pero entre las espinas de incomodidad que lo rodean.

Fue nombrado Provincial de su comunidad y en 1533 envió a América los primeros Padres Agustinos que llegaron a México.

Frecuentemente mientras celebraba la Santa Misa o rezaba los Salmos, le sobrevenían los éxtasis y se olvidaba de todo lo que lo rodeaba y sólo pensaba en Dios.
En esos momentos el rostro le brillaba intensamente.

Cierto día mientras predicaba fuertemente en Burgos contra el pecado, tomó en sus manos un crucifijo y levantándolo gritó "¡Pecadores, mírenlo!", y no pudo decir más, porque se quedó en éxtasis, y así estuvo un cuarto de hora, mirando hacia el cielo, contemplando lo sobrenatural. Al volver en sí, dijo a la multitud que estaba maravillada: "Perdonen hermanos por esta distracción. Trataré de enmendarme".

El emperador Carlos V le había ofrecido el cargo de arzobispo de Granada pero él nunca lo había aceptado. Entonces un día el emperador le dijo a su secretario: Escriba: "Arzobispo de Valencia, será el Padre...", y le dictó el nombre de otro sacerdote de otra comunidad. Cuando fue a firmar el decreto leyó que el secretario había escrito: "Arzobispo de Valencia, el Padre Tomás de Villanueva". "¡Pero este no fue el que yo le dicté!", dijo el emperador. "Perdone, señor" – le respondió el secretario. "Me pareció haberle oído ese nombre. Pero enseguida lo borraré". "No, no lo borre, dijo Carlos V, el otro era el que yo pensaba elegir. En cambio este es el que Dios quiere que sea elegido". Y mandó que lo llamaran para dar el nombramiento.

Tomás se negó totalmente a obedecer al emperador en esto. El hijo del gobernante, el futuro Felipe II le rogó que aceptara, pero tampoco quiso aceptar. Solamente cuando su superior de comunidad le mandó bajo voto de obediencia, entonces sí aceptó tan alto cargo.

Llegó a Valencia de noche, en medio de terrible aguacero, acompañado solamente por un religioso de su comunidad. Pidió hospedaje de caridad en el convento de los Padres Agustinos, diciendo que le bastaba una estera en el suelo para dormir Cuando los frailes descubrieron quién era él se arrodillaron a pedirle su bendición. Antes de posesionarse del arzobispado hizo seis días de retiro de oración y penitencia en el convento. Quería empezar bien preparado para su difícil oficio.

Al posesionarse de su cargo de Arzobispo, los sacerdotes de la ciudad le obsequiaron 4,000 monedas de plata para hospital diciendo: "los pobres necesitan esto más que yo. ¿Qué lujos y comodidades puede necesitar un sencillo fraile y religioso como soy yo?".

Algunos lo criticaban porque usaba una sotana muy vieja y desteñida, y él respondía: "Lo importante o es una sepultura. Lo importante es embellecer el alma que nunca se va a morir".

El emperador Carlos V al oírle predicar exclamaba: "Este Monseñor conmueve hasta las piedras". Y cuando estaba en la ciudad, el emperador nunca faltaba a los sermones de Monseñor Tomás. Sus sermones producían cambios impresionantes en los oyentes, y aun hoy día conmueven profundamente a quienes los leen. La gente decía que Tomás de Villanueva era como un nuevo apóstol San Pablo, enviado por Dios para transformar a los pecadores.

Lo que más le interesaba era transformar a sus sacerdotes. A los menos cumplidores se los ganaba de amigos y poco a poco a base de consejos y peticiones amables los hacía volverse mejores. A uno que no quería cambiar, lo llamó a su palacio y le dijo: "Yo soy el que tengo la culpa de que usted o quiera enmendarse. Porque no he hecho penitencias por su conversión, por eso no ha cambiado". Y quitándose la camisa empezó a darse fuetazos a sí mismo hasta derramar sangre. El otro se arrodilló llorando y le pidió perdón y desde ese día mejoró totalmente su conducta.

Dedicaba muchas horas a rezar y a meditar, pero su secretario tenía la orden de llamarlo tan pronto como alguna persona necesitara consultarle o pedirle algo. A su palacio arzobispal acudían cada día centenares de pobres a pedir ayuda, y nadie se iba sin recibir algún mercado o algún dinero. Especial cuidado tenía el prelado para ayudar a los niños huérfanos. Y en los once años de su arzobispado no quedó ninguna muchacha pobre de la ciudad que en el día de su matrimonio no recibiera un buen regalo del arzobispo. A quienes lo criticaban por dar demasiadas ayudas aun a vagos, les decía: "mi primer deber es no negar un favor a quien lo necesita, si en mi poder está el hacerlo. Si abusan de lo que reciben, ellos responderán ante Dios".

A los ricos les insistía continua y fuertemente acerca del deber tan grave que cada uno tiene de gastar en dar limosnas todo lo que le sobre, es vez de gastarlo en lujos y cosas inútiles. Decía a la gente: "¿En qué otra cosa puedes gastar mejor tu dinero que en pagar tus culpas a Dios, haciendo limosna? Si quieres que Dios oiga tus oraciones, tienes que escuchar la petición de ayuda que te hacen los pobres. Debes anticiparte a repartir ayudas a los que no se atreven a pedir".

Algunos le decían que debía ser más fuerte y lanzar maldiciones contra los que vivían en unión libre. Él respondía: "Hago todo lo que me es posible por animarlos a que se pongan en paz con Dios y que no vivan más en pecado. Pero nunca quiero emplear métodos agresivos contra nadie". Si oía hablar de otro respondía: "Quizás lo que hizo fue malo, pero probablemente sus intenciones eran buenas".

En septiembre de 1555 sufrió una angina de pecho e inflamación de la garganta. Mandó repartir entre los pobres todo el dinero que había en su casa. Hizo que le celebraran la S. Misa en su habitación, y exclamó: "Que bueno es Nuestro Señor: a cambio de que lo amemos en la tierra, nos regala su cielo para siempre". Y murió. Tenía 66 años.

lunes, 21 de septiembre de 2015

SAN MATEO



San Mateo es llamado por dos evangelistas: Levi, ambos nombres son de origen judíos. El último lo obtuvo antes de su conversión, el otro lo tomo después, para mostrar la renuncia a su profesión y que era un hombre nuevo. Hijo de Alfeo, vivió en Cafarnaúm, en el lago de Galilea.

Fue por profesión un publicano, o colector de impuestos para los romanos. Entre los judíos, estos publicanos fueron más infames y odiosos porque esta nación los miraba como enemigos de su privilegio de libertad natural que Dios les había dado, y como personas manchadas por su conversación frecuente y asociación con los paganos, y la esclavización sobre sus compatriotas. Los Judíos los aborrecían universalmente, veían sus propiedades o dinero como fortunas de ladrones, les prohibieron su comunión y participación en su actividades religiosas, al igual que de todos eventos de la sociedad cívica y de comercio. Tertuliano esta ciertamente equivocado cuando afirma que solo los gentiles fueron empleados en este oficio sórdido como San Jerónimo demuestra en varios pasajes de los evangelios. Y es cierto que San Mateo fue Judío, aunque un publicano.

Su oficio dice haber consistido particularmente en acumular costumbres de comodidades que vinieron por el Genesareth o Tiberias, y un peaje que los pasajeros pagaban al venir por agua; San Marco dice que San Mateo mantuvo su oficio de cobro de peaje alado del lago, donde el se sentaba. Jesús, habiendo últimamente curado un paralítico famoso, salió de Cafarnaúm, y camino sobre los bancos del lago o mar de Genesareth, enseñando las personas que le seguían. Aquí el observó a Mateo que realizaba su trabajo de cobro de peaje a quien el llamo a venir y a seguirle. El hombre era rico, disfrutaba de un sueldo lucrativo, era un hombre sabio y prudente, y entendía perfectamente lo que seguir a Jesús le costaría. Pero el no tuvo miramientos y dejo todos sus intereses y relaciones para hacerse un discipular del Señor. No sabemos si el ya estaba relacionado con la persona o doctrina de nuestro Salvador, especialmente como estaba cerca de Cafarnaúm, y su casa parece haber sido en la ciudad, donde Cristo había vivido por algún tiempo, había predicado y hechos muchos milagros, por lo cual el estaba en algún medido preparando a recibir la impresión que el llamado de Jesús había hecho sobre el.

San Jerónimo dice que un cierto aire de majestad brillaron en la continencia de Nuestro Divino Redentor, y traspaso su alma y lo atrajo fuertemente. Este apóstol, a la primera invitación, rompió todas ataduras; dejo sus riquezas, su familia, su preocupaciones del mundo, sus placeres, y su profesión. Su conversión fue sincera y perfecta. San Mateo nunca regreso a su oficio porque era una profesión peligrosa, y una ocasión de avaricia, opresión, y extorsión. San Mateo, al convertirse, para mostrar que no estaba descontento con su cambio, pero que lo miraba como su mas gran felicidad, entretuvo a Nuestro Señor y sus discípulos en una gran comida en su casa a donde invito sus amigos, especialmente los de su ultima profesión, como si esperaba que por medio de la divina conversación de Nuestro Salvador, ellos también quizás sean convertidos.

Después de la ascensión de Nuestro Señor, San Mateo predicó por varios años en Judea y en los países cercanos hasta la dispersión de los apóstoles. Un poco antes de la dispersión escribió su evangelio, o pequeña historia de Nuestro Bendito Redentor. Que la compilo antes de su dispersión aparece no solo porque fue escrito antes de los otros evangelios, sino también el Apóstol Bartolomése llevo una copia con el a la India, y la dejo allí. San Mateo escribo su evangelio para satisfacer los conversos de Palestina. El Evangelio de San Mateo desciende a un detalle mas particular y completo en las acciones de Cristo que los otros tres, pero desde el Capitulo V al XIV el frecuentemente se distingue de los otros en la serie de su narrativos, ignorando el orden del tiempo, para que esas instrucciones que tienen mas afinidad una con la otra, estén relacionadas juntas. Este evangelista mas bien enfoca sobre las lecciones de moralidad de Nuestro Salvador, y describe su temporal o generación humana, en que las promesas hechas a Abraham y David respecto al nacimiento del Mesías de su semilla fueron realizados; tal argumento inducía de manera particular a los Judíos para que creyeran en el.

San Mateo, después de haber hecho una gran cosecha de almas en Judea, fue a predicar la fe a las naciones bárbaras e incivilizadas del Este. El era una persona muy devota a la contemplación celestial y llevaba una vida austera, usando una dieta muy rigurosa; pues no comía carne en vez satisfacía su apetito con hierbas, raíces, semillas. San Ambrosio dice que Dios le abrió el País de los Persas. Rufinus y Sócrates nos dicen que el llevo el evangelio a Etiopía, significando probablemente las partes Sur y Este de Asia. San Paulino menciona que el terminó su curso en Parthia. Venantus Fortunatus relata que el sufrió el martirio en Nudubaz, una ciudad en esas partes. Dorotheus dice que el fue honorablemente enterrado en Hierapolis en Porthia. Sus reliquias fueron traídas al Oeste, Papa Gregorio VII, en una carta al Obispo de Salerno en 1080, testifica que fueron guardados en una iglesia que tenia el nombre de la ciudad. Todavía están en este lugar.

SAN GENARO



Este santo, famoso por el prodigio de su sangre que se obra cada año en Nápoles,  era obispo de esa ciudad cuando estalló la terrible persecución de Diocleciano. Fue hecho prisionero y encerrado en una oscura cárcel, junto con sus diáconos y colaboradores. Los llevaron al anfiteatro o coliseo para que fueran devorados por las fieras. Pero estas, aunque estaban muy hambrientas, se contentaron con dar vueltas rugiendo alrededor de ellos. Entonces la chusma pidió a gritos que les cortaran la cabeza a estos valientes cristianos. Y así lo hicieron. Personas piadosas recogieron un poco de la sangre de San Jenaro y la guardaron. 

La fama universal de que goza San Jenaro se debe a un milagro que se obra todos los años en Nápoles. Este milagro se viene obrando desde hace 400 años, sin que lo hayan podido explicar ni los sabios ni los estudiosos o investigadores. Un sacerdote expone en el altar una ampolleta del tamaño de una pera, que contiene la sangre solidificada del santo. La coloca frente a la urna que contiene la cabeza del santo. Todos empiezan a rezar, y de un momento a otro la sangre que estaba sólida y negruzca se vuelve líquida y rojiza, y crece de tamaño dentro de la vasija de vidrio donde está. El pueblo estalla en cánticos de alegría bendiciendo a Dios.

La ciudad de Nápoles le tiene un gran cariño a San Jenaro, porque además del prodigio de la licuefacción de la sangre, los ha librado varias veces de las temibles erupciones del volcán Vesubio. En 1631, millones de toneladas de lava se dirigían hacia la cuidad. El obispo llevó en procesión la sangre de San Jenaro y la lava cambió de dirección y la ciudad se salvó.

viernes, 18 de septiembre de 2015

SAN JOSÉ CUPERTINO



José nació en 1603 en el pequeño pueblo italiano llamado Cupertino. Sus padres eran sumamente pobres. El niño vino al mundo en un pobre cobertizo pegado a la casa, porque el papá, un humilde carpintero, no había podido pagar las cuotas que debía de su casa y se la habían embargado. 

Murió el papá, y entonces la mamá, ante la situación de extrema pobreza en que se hallaba, trataba muy ásperamente al pobre niño y este creció debilucho y distraído. Se le olvidaba hasta comer. A veces pasaba por las calles con la boca abierta mirando tristemente a la gente, y los vecinos le pusieron por sobrenombre el "boquiabierta". Las gentes lo despreciaban y lo creían un poca cosa. Pero lo que no sabían era que en sus deberes de piedad era extraordinariamente agradable a Dios, el cual le iba a responder luego de maneras maravillosas.
A los 17 años pidió ser admitido de franciscano pero no fue admitido. Pidió que lo recibieran en los capuchinos y fue aceptado como hermano lego, pero después de ocho meses fue expulsado porque era en extremo distraído. Dejaba caer los platos cuando los llevaba para el comedor. Se le olvidaban los oficios que le habían puesto. Parecía que estaba siempre pensando en otras cosas. Por inútil lo mandaron para afuera.

Al verse desechado, José buscó refugio en casa de un familiar suyo que era rico, pero él declaró que este joven "no era bueno para nada", y lo echó a la calle. Se vio entonces obligado a volver a la miseria y al desprecio de su casa. La mamá no sintió ni el menor placer al ver regresar a semejante "inútil", y para deshacerse de él le rogó insistentemente a un pariente que era franciscano, para que lo recibieran al muchacho como mandadero en el convento de los padres franciscanos.
Sucedió entonces que en José se obró un cambio que nadie había imaginado. Lo recibieron los padres como obrero y lo pusieron a trabajar en el establo y empezó a desempeñarse con notable destreza en todos los oficios que le encomendaban. Pronto con su humildad y su amabilidad, con su espíritu de penitencia y su amor por la oración, se fue ganando la estimación y el aprecio de los religiosos, y en 1625, por votación unánime de todos los frailes de esa comunidad, fue admitido como religioso franciscano.

Lo pusieron a estudiar para presentarse al sacerdocio, pero le sucedía que cuando iba a presentar exámenes se trababa todo y no era capaz de responder. Llegó uno de los exámenes finales y el pobre Fray José la única frase del evangelio que era capaz de explicar completamente bien era aquella que dice: "Bendito el fruto de tu vientre Jesús". Estaba asustadísimo pero al empezar el examen, el jefe de los examinadores dijo: "Voy a abrir el evangelio, y la primera frase que salga, será la que tiene que explicar". Y salió precisamente la única frase que el Cupertino se sabía perfectamente: "Bendito sea el fruto de tu vientre".

Llegó al fin el examen definitivo en el cual se decidía quiénes sí serían ordenados. Y los primeros diez que examinó el obispo respondieron tan maravillosamente bien todas las preguntas, que el obispo suspendió el examen diciendo: ¿Para qué seguir examinando a los demás si todos se encuentran tan formidablemente preparados?" y por ahí estaba haciendo turno para que lo examinaran, el José de Cupertino, temblando de miedo por si lo iban a descalificar. Y se libró de semejante catástrofe por casualidad.

Ordenado sacerdote en 1628, se dedicó a tratar de ganar almas por medio de la oración y de la penitencia. Sabía que no tenía cualidades especiales para predicar ni para enseñar, pero entonces suplía estas deficiencias ofreciendo grandes penitencias y muchas oraciones por los pecadores. Jamás comía carne ni bebía ninguna clase de licor. Ayunaba a pan y agua muchos días. Se dedicaba con gran esfuerzo y consagración a los trabajos manuales del convento que era para lo único que se sentía capacitado.

Desde el día de su ordenación sacerdotal su vida fue una serie no interrumpida de éxtasis, curaciones milagrosas y sucesos sobrenaturales en un grado tal que no se conocen en cantidad semejante con ningún otro santo. Bastaba que le hablaran de Dios o del cielo para que se volviera insensible a lo que sucedía a su alrededor. Ahora se explicaban por que de niño andaba tan distraído y con la boca abierta.

Un domingo, fiesta del Buen Pastor, se encontró un corderito, se lo echó al hombro y al pensar en Jesús, Buen Pastor, se fue elevando por los aires con cordero y todo.

Los animales sentían por él un especial cariño. Pasando por el campo, se ponía a rezar y las ovejas se iban reuniendo a su alrededor y escuchaban muy atentas sus oraciones. Las golondrinas en grandes bandadas volaban alrededor de su cabeza y lo acompañaban por cuadras y cuadras.

Sabemos que la Iglesia Católica llama éxtasis a un estado de elevación del alma hacia lo sobrenatural, durante lo cual la persona se libra momentáneamente del influjo de los sentidos, para contemplar lo que pertenece a la divinidad. San José de Cupertino quedaba en éxtasis con mucha frecuencia durante la Santa Misa, cuando estaba rezando los salmos de la S. Biblia. Durante los 17 años que estuvo en el convento de Grotella sus compañeros de comunidad presenciaron 70 éxtasis de este santo. El más famoso sucedió cuando 10 obreros deseaban llevar una pesada cruz a una montaña y no lo lograban. Entonces Fray José se elevó por los aires con cruz y todo y la llevó hasta la cima del monte.

Como estos sucesos tan raros podían producir movimientos de exagerado fervor entre el pueblo, los superiores le prohibieron celebrar misa en público, ir a rezar en comunidad con los demás religiosos, asistir al comedor cuando estaban los otros ahí, y concurrir a otras sesiones públicas de devoción.

Cuando estaba en éxtasis lo pinchaban con agujas, le daban golpes con palos y hasta le acercaban a sus dedos velas encendidas y no sentía nada. Lo único que lo hacía volver en sí era oír la voz de su superior que lo llamaba a que fuera a cumplir con sus deberes. Cuando regresaba de sus éxtasis pedía perdón a sus compañeros diciéndoles: "Excúsenme por estos ‘ataques de mareo’ que me dan".
En la Iglesia han sucedido levitaciones a más de 200 santos. Consisten en elevar el cuerpo humano desde el suelo, sin ninguna fuerza física que lo esté levantando. Se ha considerado como un regalo que Dios hace a ciertas almas muy espirituales. San José de Cupertino tuvo numerosísimas levitaciones.

Un día llegó el embajador de España con su esposa y mandaron llamar a Fray José para hacerle una consulta espiritual. Este llegó corriendo. Pero cuando ya iba a empezar a hablar con ellos, vio un cuadro de la Virgen que estaba en lo más alto del edificio, y dando su típico pequeño grito se fue elevando por el aire hasta quedar frente al rostro de la sagrada imagen. El embajador y su esposa contemplaban emocionados semejante suceso que jamás habían visto. El santo rezó unos momentos, y luego descendió suavemente al suelo, y como avergonzado, subió corriendo a su habitación y ya no bajó más ese día.

En Osimo, donde el santo pasó sus últimos seis años, un día los demás religiosos lo vieron elevarse hasta una estatua de la Virgen María que estaba a tres metros y medio de altura, y darle un beso al Niño Jesús, y ahí junto a la Madre y al Niño se quedó un rato rezando con intensa emoción, suspendido por los aires.
El día de la Asunción de la Virgen en el año 1663, un mes antes de su muerte, celebró su última misa. Y estando celebrando quedó suspendido por los aires como si estuviera con el mismo Dios en el cielo. Muchos testigos presenciaron este suceso.

Muchos enemigos empezaron a decir que todo eso eran meros inventos y lo acusaban de engañador. Fue enviado al Superior General de los Franciscanos en Roma y este al darse cuenta que era tan piadoso y tan humilde, reconoció que no estaba fingiendo nada. Lo llevaron luego donde el Sumo Pontífice Urbano VIII, el cual deseaba saber si era cierto o no lo que le contaban de los éxtasis y las levitaciones del frailecito. Y estando hablando con el Papa, quedó José en éxtasis y se fue elevando por el aire. El Duque de Hannover, que era protestante, al ver a José en éxtasis se convirtió al catolicismo.

El Papa Benedicto XIV que era rigurosísimo en no aceptar como milagro nada que no fuera en verdad milagro, estudió cuidadosamente la vida de José de Cupertino y declaró: "Todos estos hechos no se puede explicar sin una intervención muy especial de Dios".

Los últimos años de su vida, José fue enviado por sus superiores a conventos muy alejados donde nadie pudiera hablar con él. La gente descubría donde estaba y corrían hacia allá. Entonces lo enviaban a otro convento más apartado aún. El sufrió meses de aridez y sequedad espiritual como Jesús en Getsemaní pero después a base de mucha oración y de continua meditación, retornaba otra vez a la paz de su alma. A los que le consultaban problemas espirituales les daba siempre un remedio: "Rezar, no cansarse nunca de rezar. Que Dios no es sordo ni el cielo es de bronce. Todo el que pide, recibe".

Murió el 18 de septiembre de 1663 a la edad de 60 años.

jueves, 17 de septiembre de 2015

SAN ROBERTO BELARMINO



Este santo ha sido uno de los más valientes defensores de la Iglesia Católica contra los errores de los protestantes. Sus libros son tan sabios y llenos de argumentos convencedores, que uno de los más famosos jefes protestantes exclamó al leer uno de ellos: "Con escritores como éste, estamos perdidos. No hay cómo responderle".

San Roberto nació en Monteluciano, Toscana Italia, en 1542. Su madre era hermana del Papa Marcelo II. Desde niño dio muestras de poseer una inteligencia superior a la de sus compañeros y una memoria prodigiosa. Recitaba de memoria muchas páginas en latín, del poeta Virgilio, como si las estuviera leyendo. En las academias y discusiones públicas dejaba admirados a todos los que lo escuchaban. El rector del colegio de los jesuitas en Monteluciano dejó escrito: "Es el más inteligente de todos nuestros alumnos. Da esperanza de grandes éxitos para el futuro".

Por ser sobrino de un Pontífice podía esperar obtener muy altos puestos y a ello aspiraba, pero su santa madre lo fue convenciendo de que el orgullo y la vanidad son defectos sumamente peligrosos y cuenta él en sus memorias: "De pronto, cuando más deseoso estaba de conseguir cargos honoríficos, me vino de repente a la memoria lo muy rápidamente que se pasan los honores de este mundo y la cuenta que todos vamos a tener que darle a Dios, y me propuse entrar de religioso, pero en una comunidad donde no fuera posible ser elegido obispo ni cardenal. Y esa comunidad era la de los padres jesuitas". Y así lo hizo. Fue recibido de jesuita en Roma en 1560, y detalles de los misterios de Dios: él entraba a esa comunidad para no ser elegido ni obispo ni cardenal porque los reglamentos de los jesuitas les prohibían aceptar esos cargos y fue el único obispo y cardenal de los Jesuitas en ese tiempo.

Uno de los peores sufrimientos de San Roberto durante toda la vida fue su mala salud. En él se cumplía lo que deseaba San Bernardo cuando decía: "Ojalá que los superiores tengan una salud muy deficiente, para que logren comprender a los débiles y enfermos". Cada par de meses tenían que enviar a Roberto a las montañas a descansar, porque sus condiciones de salud eran muy defectuosas. Pero no por eso dejaba de estudiar y de prepararse.

Ya de joven seminarista y profesor, y luego como sacerdote, Roberto Belarmino atraía multitudes con sus conferencias, por su pasmosa sabiduría y por la facilidad de palabra que tenía y sus cualidades para convencer a los oyentes. Sus sermones fueron extraordinariamente populares desde el primer día. Los oyentes decían que su rostro brillaba mientras predicaba y que sus palabras parecían inspiradas desde lo alto.

Belarmino era un verdadero ídolo para sus numerosos oyentes. Un superior enviado desde Roma para que le oyera los sermones que predicaba en Lovaina, escribía luego: "Nunca en mi vida había oído hablar a un hombre tan extraordinariamente bien, como habla el padre Roberto".

Era el predicador preferido por los universitarios en Lovaina, París y Roma. Profesores y estudiantes se apretujaban con horas de anticipación junto al sitio donde él iba a predicar. Los templos se llenaban totalmente cuando se anunciaba que era el Padre Belarmino el que iba a predicar. Hasta se subían a las columnas para lograr verlo y escucharlo.

Al principio los sermones de Roberto estaban llenos de frases de autores famosos, y de adornos literarios, para aparecer como muy sabio y literato. Pero de pronto un día lo enviaron a hacer un sermón, sin haberle anunciado con anticipación, y él sin tiempo para prepararse ni leer, se propuso hacer esa predicación únicamente con frases de la S. Biblia (la cual prácticamente se sabía de memoria) y el éxito fue fulminante. Aquel día consiguió más conversiones con su sencillo sermoncito bíblico, que las que había obtenido antes con todos sus sermones literarios. Desde ese día cambió totalmente su modo de predicar: de ahora en adelante solamente predicará con argumentos tomados de la S. Biblia, no buscando aparecer como sabio, sino transformar a los oyentes. Y su éxito fue asombroso.

Después de haber sido profesor de la Universidad de Lovaina y en varias ciudades más, fue llamado a Roma, para enseñar allá y para ser rector del colegio mayor que los Padres Jesuitas tenían en esa capital. Y el Sumo Pontífice le pidió que escribiera un pequeño catecismo, para hacerlo aprender a la gente sencilla. Escribió entonces el Catecismo Resumido, el cual ha sido traducido a 55 idiomas, y ha tenido 300 ediciones en 300 años una por año éxito únicamente superado por la S. Biblia y por la Imitación de Cristo. Luego redactó el Catecismo Explicado, y pronto este su nuevo catecismo estuvo en las manos de sacerdotes y catequistas en todos los países del mundo. Durante su vida logró ver veinte ediciones seguidas de sus preciosos catecismos.

Se llama controversia a una discusión larga y repetida, en la cual cada contendor va presentando los argumentos que tiene contra el otro y los argumentos que defienden lo que él dice.

Los protestantes evangélicos, luteranos, anglicanos, etc. habían sacado una serie de libros contra los católicos y estos no hallaban cómo defenderse. Entonces el Sumo Pontífice encomendó a San Roberto que se encargara en Roma de preparar a los sacerdotes para saber enfrentarse a los enemigos de la religión. El fundó una clase que se llamaba "Las controversias", para enseñar a sus alumnos a discutir con los adversarios. Y pronto publicó su primer tomo titulado así: "Controversias". En ese libro con admirable sabiduría, pulverizaba lo que decían los evangélicos y calvinistas. El éxito fue rotundo. Enseguida aparecieron el segundo y tercer tomo, hasta el octavo, y los sacerdotes y catequistas de todas las naciones encontraban en ellos los argumentos que necesitaban para convencer a los protestantes de lo equivocados que están los que atacan nuestra religión. San Francisco de Sales cuando iba a discutir con un protestante llevaba siempre dos libros: La S. Biblia y un tomo de las Controversias de Belarmino. En 30 años tuvieron 20 ediciones estas sus famosos libros. Un librero de Londres exclamaba: "Este libro me sacó de pobre. Son tantos los que he vendido, que ya se me arregló mi situación económica".

Los protestantes, admirados de encontrar tanta sabiduría en esas publicaciones, decían que eso no lo había escrito Belarmino solo, sino que era obra de un equipo de muchos sabios que le ayudaban. Pero cada libro lo redactaba él únicamente, de su propio cerebro.

El Santo Padre, el Papa, lo nombró obispo y cardenal y puso como razón para ello lo siguiente: "Este es el sacerdote más sabio de la actualidad".

Belarmino se negaba a aceptar tan alto cargo, diciendo que los reglamentos de la Compañía de Jesús prohíben aceptar títulos elevados en la Iglesia. El Papa le respondió que él tenía poder para dispensarlo de ese reglamento, y al fin le mandó, bajo pena de pecado mortal, aceptar el cardenalato. Tuvo que aceptarlo, pero siguió viviendo tan sencillamente y sin ostentación como lo había venido haciendo cuando era un simple sacerdote.

Al llegar a las habitaciones de Cardenal en el Vaticano, quitó las cortinas lujosas que había en las paredes y las mandó repartir entre las gentes pobres, diciendo: "Las paredes no sufren de frío".

Los superiores Jesuitas le encomendaron que se encargara de la dirección espiritual de los jóvenes seminaristas, y San Roberto tuvo la suerte de contar entre sus dirigidos, a San Luis Gonzaga. Después cuando Belarmino se muera dejará como petición que lo entierren junto a la tumba de San Luis, diciendo: "Es que fue mi discípulo".

En los últimos años pedía permiso al Sumo Pontífice y se iba a pasar semanas y semanas al noviciado de los Jesuitas, y allá se dedicaba a rezar y a obedecer tan humildemente como si fuera un sencillo novicio.

En la elección del nuevo Sumo Pontífice, el cardenal Belarmino tuvo 14 votos, la mitad de los votantes. Quizá no le eligieron por ser Jesuita pues estos padres tenían muchos enemigos. El rezaba y fervorosamente a Dios para que lo librara de semejante cargo tan difícil, y fue escuchado.

Poco antes de morir escribió en su testamento que lo poco que tenía se repartiera entre los pobres lo que dejó no alcanzó sino para costear los gastos de su entierro. Que sus funerales fueran de noche para que no hubiera tanta gente y se hicieran sin solemnidad. Pero a pesar de que se le obedeció haciéndole los funerales de noche, el gentío fue inmenso y todos estaban convencidos de que estaban asistiendo al entierro de un santo.

Murió el 17 de septiembre de 1621. Su canonización se demoró mucho porque había una escuela teológica contraria a él, que no lo dejaba canonizar. Pero el Sumo Pontífice Pío XI lo declaró santo en 1930, y Doctor de la Iglesia en 1931.

miércoles, 16 de septiembre de 2015

SANTA CATALINA FIESCHI



En Liguria, la familia de los Fieschi, perteneciente al partido de los güelfos, gozaba de gran prestigio y de una larga y distinguida historia. En 1234, dio a la Iglesia un papa tan enérgico y destacado como Inocencio IV y, en 1276, al sobrino del primero, que reinó poco tiempo como Adrián V. A mediados del siglo decimoquinto, la familia Fieschi había alcanzado su máximo poder y esplendor en Liguria, en el Piamonte y en Lombardía; uno de sus miembros era cardenal y otro, llamado Jaime, descendiente del hermano de Inocencio IV, era virrey de Nápoles, bajo el gobierno del rey René de Anjou. Este Jaime Fieschi estaba casado con una dama genovesa, Francesca di Negro, y a esta pareja de nobles le nació en el año de 1447, en Génova, una niña, la quinta y última de sus hijos, a la que llamaron Caterinetta, a quien después y para siempre se conoció como Catalina. Sus biógrafos dan abundantes detalles sobre su niñez prometedora, datos éstos que tal vez podrían descartarse como vulgar panegírico, pero a partir de la edad de trece años, su inclinación hacia la vida religiosa se manifestó decididamente. Ya por entonces, una hermana suya era canonesa regular y el capellán de su convento era el confesor de Catalina. A éste le preguntó la niña si podía tomar el hábito, pero él, tras de consultar con las monjas, la rechazó a causa de su poca edad. Más o menos por esa época murió el padre de Catalina. Cuando la joven cumplió dieciséis años, contrajo matrimonio. En el caso de muchos santos y santas que no obstante su vocación por la vida religiosa se casan para obedecer los deseos de sus padres, se alega que esas razones son valederas hasta cierto punto; pero en el caso de Santa Catalina de Génova, no puede haber duda posible. La buena estrella de la familia gibelina de los Adorno estaba en franca declinación y, por medio de una alianza con la poderosa familia de los Fieschi, esperaban recuperar el prestigio y la fortuna de su casa. Los Fieschi aceptaron de buen grado la propuesta alianza, y Catalina fue la víctima. El esposo elegido fue Julián Adorno, un joven de tan poco carácter, que era incapaz de hacer de su unión un verdadero matrimonio. Catalina era una joven de gran belleza como puede verse en sus retratos, de mucha inteligencia y sensibilidad y de una profunda devoción; su temperamento era fuerte y su carácter serio, sin la menor tendencia al buen humor y las agudezas del ingenio. Julián era el reverso de la medalla y, por lo tanto, absolutamente incapaz de comprender y apreciar a su esposa; pero, si no logró conquistar de ella más que su obediencia y su abnegada sumisión, fue porque no hizo ningún intento para ganarse su afecto. El propio Julián admitía que le era infiel a su mujer; además era amante de los placeres en forma desordenada, voluntarioso, indisciplinado, violento y derrochador. Apenas si paraba en casa, y se puede decir que en los primeros años de su vida matrimonial, Catalina estuvo sola para meditar en sus desilusiones y sus añoranzas de mejores tiempos. Al cabo de cinco años de esta vida tan triste, buscó la manera de consolarse y pasó otros cinco años en constantes diversiones y paseos mundanos, menos triste que antes, pero igualmente insatisfecha.

A pesar de sus infortunios y sus distracciones, Catalina no había perdido nunca su confianza en Dios ni había abandonado las devociones y prácticas de su religión. No era raro, por lo tanto que, la víspera del día de san Benito de 1473, estuviese orando en una iglesia dedicada al santo, en Génova, junto al mar. Y en su oración decía: «¡San Benito, ruega a Dios que me conceda la gracia de mandarme una enfermedad que me tenga tres meses en cama». Dos días más tarde, mientras estaba arrodillada ante el capellán del convento de su hermana para recibir su bendición, se sintió súbitamente embargada por un amor a Dios tan fuerte, que todo su cuerpo se estremecía, y por un conocimiento de su propia bajeza tan profundo, que se echó a llorar. Se cubrió el rostro para ocultar las lágrimas, mientras repetía sin cesar en su fuero interno: «¡Apártame del mundo! ¡No más pecados!» En su corazón se afirmaba la certeza de que «si hubiese tenido en su posesión un millar de mundos tan ricos como éste, los habría rechazado y arrojado lejos». No pudo hacer otra cosa que murmurar una disculpa y retirarse, pero al día siguiente tuvo una visión de Jesucristo cargado con la cruz y ella gritó impulsivamente: «¡Oh, amor! ¡Si es necesario que confiese mis culpas en público, estoy dispuesta!» Después, fue a hacer una confesión general de toda su vida con tan grande dolor, que «sentía desfallecer el alma». En la fiesta de la Anunciación, recibió la sagrada comunión con sincero fervor, por primera vez en más de diez años y, a partir de entonces, comulgó diariamente durante el resto de su vida. Eso era muy mal visto por aquel entonces, y la santa solía decir que envidiaba a los sacerdotes que recibían cotidianamente el Cuerpo del Señor sin suscitar comentarios.

Al mismo tiempo, las juergas y despilfarros de Julián lo habían dejado al borde de la ruina; fue entonces cuando las ardientes plegarias de su esposa, unidas a sus quebrantos, provocaron una reforma en su vida. Abandonaron su «palazzo» para ir a vivir en una casita modesta en un barrio pobre; por mutuo acuerdo, decidieron convivir en continencia y se dedicaron a cuidar a los enfermos en el hospital de Pammatone. Se unió a ellos una prima de Catalina, llamada Tomasina Fieschi, la cual, al quedar viuda fue, primero, canonesa regular y luego monja dominica. Aquel arreglo continuó durante cinco años sin cambio alguno, a no ser en el desarrollo espiritual de Catalina, hasta 1479, cuando la pareja se fue a vivir en el mismo hospital. Once años después, Catalina fue nombrada matrona del nosocomio y probó que era tan buena administradora como devota enfermera, sobre todo durante la epidemia que asoló a la ciudad en 1493, cuando murieron las cuatro quintas partes de los habitantes que no pudieron emigrar a tiempo a otro lugar. La propia Catalina se contagió con la fiebre de una moribunda a la que impulsivamente besó, y estuvo al borde del sepulcro. Fue durante su enfermedad cuando conoció al abogado y filántropo Héctor Vernazza futuro padre del Venerable Battista Vernazza, que llegó a ser un ardiente discípulo de la santa y que conservó para la posteridad muchos preciosos detalles de su vida y sus conversaciones. En 1496, Catalina, con la salud resentida, se vio obligada a renunciar a la dirección del hospital, pero conservó su vivienda en el mismo edificio. Al año siguiente, murió Julián luego de una dolorosa enfermedad. «Maese Giuliano se ha ido», confió Catalina a una amiga. «Bien sabes tú que su naturaleza era bastante descarriada, de manera que yo he sufrido mucho interiormente por él. Pero mi Tierno Amor me aseguró que habría de salvarse, aun antes de que dejara esta vida». En su testamento, Julián recordó a su hija ilegítima, Thobia, así como a su madre, y Catalina tomó la responsabilidad de que a la niña no le faltase nada en lo material y lo espiritual.

Durante más de veinte años había vivido Catalina sin ninguna dirección espiritual y sin confesarse sino muy rara vez. A decir verdad, es posible que si no tenía alguna falta grave sobre la conciencia, se abstuviera hasta de la confesión anual y, si bien no había hecho nunca un intento serio para buscarlo, no pudo encontrar un sacerdote que entendiese su estado espiritual con vistas a su dirección. Pero alrededor del año 1499, un sacerdote secular, Don Cattaneo Marabotto, fue nombrado rector del hospital y «ambos se entendieron completamente desde el primer momento, tan sólo con mirarse a la cara y sin hablar». Poco después, Catalina se presentó ante él para decirle: «Padre: no sé en qué estado se hallan mi cuerpo y mi alma. Deseo confesarme, pero no tengo conciencia de ningún pecado». El propio padre Marabotto nos expone el «estado» de su penitente con estas frases: «A los pecados que mencionó no los veía ni entendía como culpas pensadas, dichas o cometidas por ella. Era como una niña pequeña que hubiese cometido algún pecadillo por ignorancia y, si alguien le dijera: 'Has hecho mal', se sobresaltase y conturbase porque hasta aquel momento no experimentó el conocimiento del mal». Asimismo, se nos dice en su biografía que Catalina «no se preocupó nunca por ganar indulgencias plenarias, aunque tenía gran respeto y reverencia por ellas y las consideraba de mucho valor, pero lo que ella deseaba era que la parte egoísta de su alma fuese castigada tanto como merecía ...» En persecución de la misma idea heroica, rara vez pedía a los hombres o a los santos que rogasen por ella; la invocación a san Benito que mencionamos antes, fue una notable excepción y la única que figura en los registros en relación con los santos. También es digno de observarse que, durante toda su viudez, Catalina permaneció en el estado laico. Su esposo, al convertirse, se unió a la tercera orden de san Francisco en aquellos tiempos convertirse en terciario de cualquier orden, era un asunto mucho más serio de lo que es ahora, pero ella ni siquiera llegó a eso. Estas peculiaridades no se mencionan para encomio ni para reprobación; a los que les parezcan sorprendentes, se les recuerda que estaban perfectamente al tanto de ellas los que examinaron la causa de su beatificación. La Iglesia no exige de sus hijos una práctica uniforme, ni en relación con la variedad de la humana naturaleza, ni con la libertad del Espíritu Santo para actuar sobre las almas como mejor le parezca.

A partir del año de 1473, Santa Catalina llevó, sin interrupción, una vida espiritual muy intensa sin mengua de una infatigable actividad en favor de los enfermos y los desamparados, no sólo en el hospital sino en toda Génova. Fue un ejemplo de la universalidad cristiana, considerada como una «contradicción» por aquéllos que no la entienden: estaba en completo «desprendimiento del mundo», pero era «práctica» en su actividad tan eficaz; se preocupaba por el alma y cuidaba el cuerpo; practicaba las austeridades físicas que modificaba o suspendía a la menor indicación de una autoridad cualquiera, ya fuese eclesiástica médica o social; vivía en estrecha unión con Dios y estaba alerta respecto a este mundo y al tierno afecto por los hombres. La vida de Santa Catalina ha sido tomada como letra para la investigación intensa del elemento místico en la religión. Y, en medio de todo esto, llevaba las cuentas del hospital, sin que le sobrara o faltara un céntimo, y se preocupaba tanto por la justa disposición de la propiedad, que hizo cuatro testamentos y a todos les agregó varias cláusulas. Durante algunos años, Catalina tuvo quebrantada la salud y se vio obligada a suspender no sólo los ayunos extraordinarios que ella se imponía, sino también algunos de los que mandaba la Iglesia. A la larga, por el año de 1507, las enfermedades la vencieron por completo. Rápidamente empeoró su estado y, durante los últimos meses de su vida, sufrió de manera indescriptible. Entre los médicos que la atendieron, figuraba el doctor Juan Bautista Boerio, que había sido el médico de cabecera del rey Enrique VII de Inglaterra; pero ni él ni ninguno de los otros pudieron diagnosticar el mal que consumía a la santa. A fin de cuentas, los galenos llegaron a la conclusión de que debía tratarse «de algo sobrenatural y divino», porque la paciente no presentaba ninguno de los síntomas patológicos que pudieran reconocerse. El 13 de septiembre de 1510, tenía una fiebre altísima y deliraba; el 15 en la madrugada, «aquella alma bendita entregó su último suspiro en medio de gran paz y tranquilidad y voló hacia su 'tierno y anhelado amor'». Fue beatificada en 1737, y el Papa Benedicto XIV inscribió su nombre en el Martirologio Romano con el título de santa. Santa Catalina dejó dos obras escritas, un tratado sobre el Purgatorio y un Diálogo entre el alma y el cuerpo; el Santo Oficio declaró que esas dos obras bastaban para probar su santidad. Figuran entre los documentos más importantes del misticismo, pero Alban Butler dice de ellas, con toda razón «que no están escritas para los lectores comunes y corrientes».